Factor Rhesus: los vampiros escriben su historia II

Factor Rhesus: los vampiros escriben su historia II

Esta nota es la continuación de Factor Rhesus | Los vampiros escriben su historia, si se la saltearon le recomendamos que la lean: es el lujo escrito con sangre. Espero que disfruten de esta entrega.

DECONSTRUÍME ÉSTA

Corre 1980. Somos tan modernos que ya no nos bastan las figuras acartonadas con las que nuestros padres fueron felices. Nos da la sorna, vea. Hay destape y cambios, caen dictaduras en todo el mundo, la libertad se abre paso y con ella los permisos que nos damos para poner todo patas para arriba.Es entonces que Suzy Mckee Charnas aparece con una narración original, bella y peligrosa: El Tapiz del Vampiro.

Por primera vez nos enfrentamos a un vampiro biológicamente, si no posible, al menos probable. Weyland ignora por qué es como es. Ignora qué es. Recuerda poco, porque es tan viejo que el disco duro no le da para tanto. Y no vive de corrido; hiberna. Cada cincuenta años despierta y se encuentra con que el mundo ha cambiado, y él debe ponerse al día. Así que siempre se las arregla para acabar trabajando en alguna universidad, donde el conocimiento está a mano, y la posibilidad de realizar experimentos aburridos y aparentemente inocuos con jóvenes voluntarios le permiten estar provisto de alimento. Porque Weyland puede no tener memoria para los hechos, pero sí para el conocimiento acumulado a lo largo de los eones.
Hasta que una mujer mayor del personal de mantenimiento, una apagada y nostálgica señora que creció en África, que cazaba leones con su padre cuando era una adolescente y que ya no siente ningún apego por la vida, intuye en Weyland su verdadera naturaleza: la naturaleza de un predador. Uno de los grandes. Y el instinto cazador de la mujer despierta, y la trama crece, y la soledad de Weyland y la soledad de la mujer se funden en una.
Lejos, una obra maestra. Con poca o ninguna prensa y, probablemente, la gran víctima del mal gusto editorial de los últimos años.

A partir de los noventa, la gran protagonista, y quizás quien le dio el golpe de gracia definitivo al vampiro como tal, sea Anne Rice y sus Crónicas Vampíricas.
Aclaremos que Anne Rice tiene verdadero talento narrativo. Sus tramas son atrapantes y entretenidas y su saga merece leerse. Con Rice, damos paso al vampiro romántico moderno. Sí, ése. El del amor no carnal que dio vuelta la olla.
Los todopoderosos vampiros de Rice son una mezcla muy bien lograda de Los Caballeros del Zodíaco y Derek Zoolander. Narcisistas, histéricos, rencorosos, asexuales y retorcidos. Están enamorados de sí mismos, de su belleza y de su protagonismo. Lo cual, con el tiempo, llega a cansar. No en vano la saga se dio a conocer cuando, en 1994, llega a la pantalla Entrevista con el Vampiro, con Tom Cruise y Brad Pitt a la cabeza (y, por si fuera poco, Antonio Banderas). En definitiva, un sniper apuntando a la verija de las taquillas.
Este vampiro reflexivo, que busca desesperadamente formas de amor y de belleza que no terminen por definición en la muerte o el coito, recorre épocas y conquista mundos. El problema empieza cuando lo complejo se confunde con lo complicado y lo profundo con lo retorcido. Cosa que ocurre con los vampiros ególatras de Rice. Era inevitable, aunque tuvo una década de éxito, fama y lecturas. Lo que no es desdeñable. Un producto inevitable del comienzo del culto a la belleza y el posmodernismo en sí. Si bien las idas y vueltas de la trama nos hablan de complejidades terribles en la psique de un ser inmortal, ocurre que a veces es muy evidente que, para las criaturas de Rice, lo peor que alguien puede hacer (el detonante de todos los conflictos de sus tramas) es traicionarlos y ser falsos, mientras que ellos se consideran con pleno derecho a traicionar o fingir para sacar ventaja… y eso hace que se parezcan más a alumnas de cuarto año que a semidioses inmortales de las tinieblas. Puede que sea una lectura un poco neurótica de nuestra parte…pero peor es no leer.
Quizás un precedente de Rice sea la novela El Ansia (1980) de Whitley Strieber. Si buscamos en Wikipedia, podemos leer que el género es Terror, literatura de vampiros y LGBT (esto último, supongo que leído bajo la premisa de “imposible para la ciencia, pero real de todos modos). Aquí se retoma la idea de un vampiro biológicamente probable, aunque la mezcla de documentación pseudocientífica y los rasgos científicamente imposibles no terminen de cuajar en un panorama sólido. Pero la vampiresa protagonista de la historia ya prefigura a los monstruos psicológicos de Crónicas Vampíricas. Bipolares, monomaníacos y atrapados mitad en su condición vampírica, mitad en los límites de la ficción que el autor les impone.

Ya en 1992, Francis Ford Coppola lleva al cine su adaptación de Drácula, con un reparto multimillonario que incluye a Keanu Reeves, Winona Ryder y Gary Oldman, en una apuesta por la fidelidad narrativa que la gran pantalla le debía a la obra. Pero se permite la figura del vampiro enamorado, y si bien en cuanto a lo narrativo se ajusta mejor que cualquiera de sus predecesoras, la figura del monstruo se sensibiliza hasta el punto de cambiar una historia de horror en una apuesta estética deslumbrante y adaptada a los cambios que la sociedad está transitando, para bien o para mal.

DALE, TOMATE LA SOPA ANTES DE QUE SE FORMEN COÁGULOS

La caída definitiva del vampiro como concepto, ya irremediablemente alejado del terror, lo dio la saga Crepúsculo, de Stephenie Meyer. Con el nuevo milenio nos sacamos las caretas: la prioridad es hacer que el mercado se mueva. Pero las necesidades y las inquietudes existenciales siempre están, aunque cambien de traje. El culto a la imagen propio de los noventa trajo frustración y preparó el terreno para el reinado de la corrección política. El flujo de información aumentó en forma monstruosa; ya no había tiempo de escarbar en el pasado, y estar enterado de cosas viejas pasó a ser anti cool. El público es adolescente –una constante desde que, a mediados de los ochenta, el cine pasó a ser la puerta opcional a la literatura y no al revés- y hay que hablar de o retratar áreas de interés comunes a los nuevos consumidores de entretenimiento. Así como el género slasher marcó los ochenta con el argumento “adolescentes en celo se van al bosque, donde un asesino enmascarado los hace tiras cuando están a punto de fornicarse a lo perro” (reflejo de la convulsión social que provocó la aparición del virus del HIV y con una moraleja simplista pero efectiva: El que coge fuera del matrimonio se muere). En esta misma línea, pero más sutil y más relacionada con una intencionalidad en la configuración sociológica, los vampiros de Crepúsculo son eternos adolescentes que se enamoran de adolescentes humanas vulgares. Tener cuatrocientos años no es impedimento para ser tan volubles e inmaduros como si tuvieran quince, y en función de esos berrinches desatan masacres y urden alianzas. El mensaje es claro: lo único que hay que hacer para ser especial es no dejar vivo a nadie que pueda decirte que no eres especial. Aunque la protagonista sea una chica, se vuelve a la fórmula de Disney, sólo que en este caso la princesa no es rescatada de la oscuridad, sino atraída hacia ella, y no por ser princesa, sino sólo por ser. Un claro mensaje a las generaciones del siglo XXI: merecen todo lo bueno sólo por el hecho de existir en esta época maravillosa, y no hay que mover un dedo para conseguirlo. Tienen el derecho de elevarse por encima de los demás mortales y ser adolescentes para siempre, lejos del injusto aburrimiento de las responsabilidades de la gente vieja, pobre y fea. Y, como es en nombre del amor, está bien que así sea.
El mensaje inviable y la falta de sustento artístico dejaron a la saga muy por debajo de la calidad y perdurabilidad de los vampiros de Rice. Al igual que docenas de sagas, el mercado pide mucho volumen de producción para abastecer a miles de consumidores impacientes. Ya los libros se escriben, no pensando en los personajes, sino en los actores que los interpretarán en la película.
Los géneros -como las personas-, si no crecen no prosperan socialmente, aunque puedan tener mucho dinero y parecer felices. Seguro suena feo… pero es lo que hay.

A lo largo de los últimos treinta años, los vampiros compartieron escenario con los otros no-muertos favoritos de todos: los zombies. Películas clase B, Whattpad, comics, juegos de rol, series de televisión (en clave de comedia, como Buffy la Cazavampiros, o siguiendo la línea de Crepúsculo, en la variable vampiro hipster de ojos celestes y lomo de gimnasio, como Vampire Diaries). Sin embargo, a pesar de fogonazos de originalidad, como en el caso del comic 30 Días de Noche, o la excelente novela Déjame Entrar (2004), de John Ajvide Lindqvist, poco se ha visto que enriquezca la figura del vampiro como figura aterradora, como portador de miedos universales, capaz de convencer sin seducir, matar sin matar y ser sin ser. Tres cosas que, antes y ahora, son ingredientes protagónicos de la infelicidad cotidiana: Algo externo y maligno que nos engaña, nos chupa la vida y nos deshumaniza… disfrazado de normalidad.
Y ése, tarde o temprano, es el terror de todos.

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