El exorcista: en el umbral de la realidad

El exorcista: en el umbral de la realidad

Cuando se estrenó El exorcista (The Exorcist, William Friedkin, 1973), yo no era ni siquiera una maquinación en la mente de mis padres ―de hecho, faltaba para que ellos se conociesen―. Pero que la haya visto recién ahora, a mis dieciocho años, quizá me permita apreciar en toda su terrible magnitud la actualidad de esta obra tan perturbadora: a varias décadas de su estreno, El exorcista guarda más contacto con la realidad de hoy que con la de principios de los setenta. Mejor dicho, los males sociales descritos por la película se han potenciado a grados inconcebibles en estos últimos cuarenta años.

Análisis

Hoy, por ejemplo, hay muchísimos más familias destruidas que en los años setenta, y tenemos legiones de hijos quebrados psicológica y emocionalmente ―como la niña Regan MacNeil (interpretada por Linda Blair)― a causa de la separación de sus padres. Hoy la fe está atravesando un momento álgido, con sacerdotes que pervierten por comodidad la naturaleza de su propia creencia ―como el padre Damien Karras (Jason Miller)―, y con actos objetivamente paganos cometidos en el propio Vaticano  ―el caso de los ídolos de la Pachamama, por ejemplo. 

Por eso, y para dejar un testimonio de qué piensa un centenial sobre algunos aspectos de una obra maestra que está próxima a gozar de medio siglo de vida, es que le acerco estas líneas a terror.com.ar.

Ya el agua de la crítica ha corrido durante décadas bajo el puente de El exorcista, y mucho más no se puede decir sobre su simbología, sobre el contexto histórico, o sobre sus técnicas cinematográficas. Sin embargo, hay en esta película un costado no tan tratado en los innumerables sitios web, y de eso quiero hablarles. Examinemos juntos, entonces, ciertos mecanismos narrativos que usa en su guion William Peter Blatty, el propio autor de la novela, para provocar un terror que creo inolvidable. 

El exorcista

Estructura narrativa

Comenzando por lo básico, la estructura narrativa del filme está ―casi― fragmentada, y esto es perfecto para generar suspenso. Como nuestra vista se limita a lo que puede observar el personaje en cámara, no podemos saber todos los sucesos que ocurren en un mismo punto cronológico. Así, hechos importantes como la muerte de la anciana madre de Karras o el asesinato del burlón director de cine amante de la madre de Regan, Chris MacNeil (Ellen Burstyn), nos llegan a destiempo. De esta manera surge la casi subconsciente duda de qué está pasando en la totalidad de la historia mientras nosotros vemos sólo una parte. Y con el avance de la trama ese desconocimiento deviene en creciente incomodidad. 

Tensión en ascenso

Aún manteniendo el análisis en un plano general, encuentro otro recurso central para que esta historia funcione, e incluso más, para que enganche: el in crescendo. La tensión queda establecida desde los primeros minutos de metraje, con el encuentro estilo western entre el padre Lankester Merrin (Max von Sydow) y Pazuzu, el demonio sumerio de los vientos (con su escalofriante voz a cargo de Mercedes McCambridge). Y ese estilo de western se repetirá, aunque con más sofisticación, hacia el tramo final de la película, cuando el exorcista se detenga en el umbral de la casa de las MacNeil. Pero esta tensión crece sin pausa en el desarrollo de la historia; no se ameseta ni tiene picos agudos, y el equilibrio entre lo racional y lo sobrenatural se va estirando hasta la fractura. Con esto, el autor logra que el estallido del clímax se apoye en indicios sólidos, y así evita que nos despertemos abruptamente de la pesadilla en la que él mismo nos fue metiendo.


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Muchas otras buenas historias de terror comparten la misma estructura. Me vienen a la cabeza Psicosis (Psycho, Alfred Hitchcock, 1960), Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979).

¿Qué es lo que hace a esta película una obra maestra?

Después de pensarlo varios días descubrí que la respuesta es más sencilla de lo que aparentaba. La piedra basal de este filme, su mayor virtud, es la verosimilitud. Estar basada en una historia real (el discutido exorcismo de Roland Doe, que sucedió a fines de los años cuarenta) coloca a la historia en el marco de lo posible, y de por sí ya hace al miedo más cercano y visceral. Pero, para reforzar la verosimilitud de la obra, los médicos, que no logran dar con un diagnóstico certero, y el padre Karras, que no se atreve a considerar la posesión, resultan personajes fundamentales, y están implementados con la suficiente astucia como para que el espectador se identifique con alguna de las dos posturas. Ellos son ―sobre todo el sacerdote― los que buscan el sentido racional de los problemas de Regan. Y al principio exponen argumentos de una banal esperanza que terminan por destruir el ánimo de la madre de la posesa. Chris optará entonces por encarar una medida extrema, como la de rogar por un exorcismo. La increencia del personaje del padre Karras le da otra capa de paradójica complejidad a la historia, porque siendo el estandarte de la religión durante la mayor parte de la película, es el que más rechaza la explicación religiosa. Sus soluciones “lógicas” resultan tan estrafalarias, tan antinaturales, que la intervención del diablo será la hipótesis más creíble (esto lo explica Alejandro Baravalle en su excelente videocrítica; les dejo el link abajo, al final de la reseña). Así la historia nos conmueve por vía del miedo, acercando el terror sobrenatural a la más palpable realidad. 

Sin algún motivo aparente, una noche indistinta, con un viento intempestivo y helado deslizando sus garras por la ventana, cualquiera de nosotros podría tener que vérselas con Pazuzu, cualquiera de nosotros podría sufrir una posesión, como le sucedió a la niña Regan. Y quizás en la realidad actual resulte muy difícil encontrarse con un sacerdote como el padre Karras, quien por obra y gracia del demonio ha recuperado la fe, y ya está dispuesto a inmolarse por nosotros, a jugarse sus dos mundos para salvarnos.

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