Segunda parte: Una criatura horrenda

Segunda parte: Una criatura horrenda

Tercer período -1984 a 1988- Cénit

Este tercer período considerado, es corto debido a que no existieron expresiones relevantes más allá de King y Barker (El futuro del horror) y el género Slasher original en el cine aparecido entre el 78 y el 80 con película icónicas como Hallowen, Viernes 13 y Pesadilla en la calle Elm.

 

Cuarto Período -1990 a aprox. 2000- Decadencia

Clive Barker

Llegados a este punto, podríamos decir que se trata de una época de decadencia, no en el sentido que fue una época sin expresiones interesantes, pero sí se trata de un tiempo en el que no existe ninguna expresión que sea impactante como los libros y películas de épocas anteriores. Si existen novedades, algunas fuertes como la incomprendida Horizonte Final, la psicodélica Jacob´s Ladder y el slasher adolescente noventero de Scream en el cine o The Ring de Koji Suzuki en la literatura, pero no componen una continuidad ni avance significativo al género. Cabe aclarar que no es algo que le pase solo al Terror, sino que es un agotamiento general en las expresiones culturales: literatura, cine, música, etc. Transitan por un período en el cual existe la sensación, acrecentada en años posteriores, de que está “todo dicho”. Recién hacia fines de la década de los 90 comienza a revitalizase el género.

 

Cuarto período -2000 a Actualidad-

Renacimiento débil en el ámbito literario, continúa la decadencia en el ámbito del cine.

Estos últimos 19 años que componen el período actual, conforman una etapa en la que se intenta, pero no se logra lo suficiente, revitalizar el género. En el cine parece ser que la idea es jugar con los avances tecnológicos o la escases de los mismos, como dos puntos irreconciliables. En particular, el género zombie es el único que logra una renovación real con “28 días después” y “28 semanas después” de la mano de Danny Boyle y en el ámbito literario con Max Brooks y su “Guerra mundial Z” como una humanización total y necesaria del género de muertos vivientes.

La única que podemos decir que intenta y logra en gran medida ser original, y que muchas veces es olvidada, es Jeepers Creepers, una verdadera sorpresa para su época y que disfruté mucho siendo un adolescente, pero que fue arruinada con dos secuelas de dudosa calidad.

El terror como tal, parece estar un poco olvidado en la actualidad. Es clara la influencia de las exitosas distopías adolescentes y se inaugura una escuela de “monstruos buenos” con producciones como Crepúsculo[1] en ámbito de cine y literatura. En la época en la que se humanizan los perros hasta el punto de vestirlos  y festejarles cumpleaños, no es de extrañar que se sobrehumanicen los monstruos para intentar acorrolar los horrores que producen desde lo simbólico.

 

En nuestra parte del mundo

Horacio Quiroga

Por estos pagos, el asunto es más simple. Siguiendo la idea de grandes mentes, podemos citar a Horacio Quiroga y Alberto Laiseca como grandes exponentes del género y a Julio Cortázar y Jorge Luis Borges que han incursionado fuertemente en el terror.

Sobre Alberto Laiseca es obvio que fue un cultivador del género, el más grande que hemos tenido, aunque oficialmente sea escritor de “Realismo delirante”, a quien debemos su presencia en el mundo de las letras a Osvaldo Soriano, ni más ni menos, que nada tuvo que ver con este género en particular salvo propiciar el advenimiento de la terrible y maravillosa mente de Laiseca.

Por otro lado Cortázar, que debido a su libro “Rayuela”, no es considerado como parte del género. Pero tiene cuentos como “El hijo del vampiro”, “La escuela de noche”, “La continuidad de los parques”, “La puerta condenada”  entre otras historias, que son parte del género por su ambientación, personajes, atmósfera, historias, etc. Stephen King menciona en su ensayo “Danza Macabra” como obra muy importante para la literatura de terror a nivel mundial, el libro “Final del juego” de Cortázar el cual contiene uno de los cuentos que mencionáramos antes. Incluso, adentrándonos un poco más, “Casa Tomada” por su ambientación, personajes y sucesos, bien podríamos considerarlo como un cuento de terror.

No hace falta decir que Horacio Quiroga fue cultivador del género. Sea por pasión o porque las tragedias de su vida lo llevaron, cito solamente dos claros ejemplos: El almohadón de plumas y A la deriva. Estos cuentos cumplen con todas las exigencias para ser considerados como parte del género.

Por otro lado, Jorge Luis Borges también tiene cuentos envueltos en este género como es “There are more things” (dedicado a la memoria de Lovecraft), “El Zahir” y “El libo de Arena” entre otros. La diferencia en estos cuentos con respecto a los demás, del terror en general, es que se genera más de una reflexión filosófica  y de las características relevantes de ciertos objetos; pero sigue siendo terror en definitiva.

Como vemos, en nuestro país hay claras evidencias de la presencia de la literatura de terror. Y ten en cuenta, querido lector, que solo hemos hablado de los más conocidos. Recordemos que también existen otros escritores que no alcanzan el renombre de los citados o que bien se mueven por círculos alternativos esperando que les des una oportunidad de ser leídos.

 

El juego final

Hasta aquí hemos realizado una cronología muy general, obviando algunos elementos, en la cual han saltado algunas piezas y aportes fundamentales del género. Amplitud, profundidad, hibridación, capacidad imaginativa y especulativa, relación con el contexto histórico y científico, etc. El terror es el rockero de la literatura.

Entonces ¿Qué pasa con el género de terror que siempre termina siendo un género marginado o considerado menor?  O peor, como decíamos antes es para niños, gente poco inteligente, raritos con serios trastornos psiquiátricos o se trata de un “Género de monstruitos” que no aporta nada al campo de la literatura en general.

Estas ideas se basan en un mito y un menosprecio que se arrastra desde hace décadas, como una verdad revelada y que se ha hecho carne. Se trata de que es un género menor en comparación a las grandes expresiones literarias y cinéfilas. Como si quisiéramos comparar una comida rápida de bar con un restaurante de alta categoría.

Lo paradójico, es que este mismo argumento habla a favor si tenemos en cuenta la cronología planteada en este artículo. Los grandes clásicos, no todos pero si muchos, forman parte de este género y sus conceptos han sido exportados a casi todos los géneros literarios de la misma manera en que se ha nutrido de los mismos.

El terror resulta filosófico. El terror resulta explorador de la naturaleza y las pasiones humanas. El terror resulta ser tan humano que da miedo. El miedo, componente central, es un sentimiento profundo y que ha acompañado al ser humano hasta que evoluciona a ser lo que es. Y no hablo solamente del Homo Sapiens Sapiens, etapa evolutiva actual, en la cual nuestros miedos se han adaptado al medio artificial en el que vivimos. Sino desde el principio de los tiempos, cuando el ser humano salió de África. El miedo, ese miedo a lo que no podemos comprender y que lo sentimos como una amenaza directa a nuestra integridad, a nuestra vida, a nuestra lógica y forma de entender el orden del mundo… porque está ahí agazapado esperando, sonriéndonos. Miedo… motivo por el cual creamos herramientas físicas y mentales para mitigarlos y crear una ilusión de seguridad. Miedo… Algo que sintió Victor Frankenstein en el instante que escuchó a su criatura dar un primer grito de vida, cuando el experimento fue exitoso y el era ¿Dios o el Diablo? O ese miedo que tuvo Carrie al experimentar su primera menstruación en las duchas de su escuela y que pensaba que se iba a morir porque su madre ultracatólica no le dijo que eso era parte de su biología. O el miedo de aquella madre al ver a su hija poseída por Pazuzu y verle y oírle decir cosas para nada propias de una niña de su edad ¿Un poco más profundo o ya alcanza? Bueno, uno más. El Resplandor de King no tiene monstruos ni deformidades, sino que se basa en algo que sucede día a día en miles de hogares: la violencia y el alcoholismo. No es una historia de monstruos, es la historia de un monstruo naciendo desde una piel humana.

Stephen King

Un último punto importante a tener en cuenta, es la caída de la calidad en las producciones tanto de cine como de literatura. Pero enfoquémonos en el cine principalmente. En los últimos quince años, me atrevería a decir, son escasas las producciones de calidad. La aparición de aberraciones narrativas como “El juego del miedo” (un catálogo de  muertes escabrosas) o las películas sin final (como “Puertas abiertas”) o incluso la incapacidad de crear personajes que generen empatía en el espectador (todas las Slasher gracias a Scream), han generado un daño profundo en el género.

Lo mismo va para la literatura de terror. No ha existido sorpresas rotundas, solo resultados aceptables y la calidad de maestros del género es algo que se debate profundamente entre los seguidores de este arte[2].  Lo curioso, es que se ha tardado dos siglos en caer en este punto casi muerto.

Un género no se mata porque sí. No se daña porque sí. Son toda una serie de factores que llevan al resultado que estamos hoy, aunque en general ha sufrido este tipo de discriminación.

Yo seguiré defendiendo este género, porque me resulta el más amplio y variado que he encontrado hasta la fecha. El único capaz de contener dentro las aberraciones de Lovecraft y las mundanas historias de horror de King. El único que se atreve a ver al ser humano como es: una maquina penumbrosa, un raza inmadura, un ser complejo y amplio que transita con una sonrisa por sus propios senderos de decadencia.

Estimado lector: Ven… y enloquece.

[1] No detallaré ni daré opinión aquí sobre esta obra. Ya que hacerlo en el 2018 equivale a golpear  a una persona tirada en el piso y que ya ha recibido palizas de parte de boxeadores profesionales. Se ha convertido en un chiste en sí misma.

[2] Que no nos olvidemos, tanto los seguidores como los escritores gozan de un prejuicio extra. Cuando alguien dice que escribe o lee o lo que sea relacionado con el género de terror, creen que uno tiene, citando a Robert Bloch, el corazón de un niño… en un frasco de vidrio sobre el escritorio. Lo cual no es cierto. La literatura de terror resulta hasta terapéutica.

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